La Regla de los Monjes

Versión: Luis José Fernández. Monasterio Santa María de la Epifanía

Prólogo

Escucha, hijo, las instrucciones de un maestro e inclina el oído de tu corazón, presta atención con ánimo al consejo de un padre bondadoso y ponlo por obra, 2 de tal manera que por la práctica de la obediencia vuelvas a Aquel de quien te habías apartado por los efectos de la desobediencia. 3 Es a ti, por tanto, que va mi palabra, quienquiera que seas, que negándote a ser presa de tus propios deseos para ser parte de la milicia[1] del Señor, Cristo, el rey verdadero, tomas las poderosas y mejores armas que dan la obediencia.

4 En primer lugar, al disponerte a realizar una buena obra, pide al Señor con ferviente oración que Él la lleve a término, 5 para que quien se dignó incluirnos entre sus hijos, no tenga la obligación de entristecerse por alguna mala acción nuestra. 6 Es por ello que debemos estar siempre dispuestos a obedecerle según los dones que poseemos y que Él nos has dado, para que no tenga que desheredarnos algún día, como lo haría un padre en arrebato de ira con sus hijos, 7 ni que, como un señor temible, a quien nuestras maldades han molestado, nos lance al castigo eterno como siervos malvados que no quisieron ir con Él a la gloria.

8 Levantémonos sin tardanza, puesto que la Escritura nos pone en vigilia diciendo: «Ya es hora que despertemos del sueño».[2] 9 Y, con los ojos bien abiertos a la luz celestial, pongamos atención a lo que día a día nos advierte Dios exclamando: 10 «¡Ojalá escuchen hoy su voz! No endurezcan su corazón».[3] 11 Y, de la misma manera: «El que tenga oídos, que escuche lo que el Espíritu está diciendo a las iglesias».[4] 12 ¿Y qué dice? «Vengan, hijos, escúchenme: voy a enseñarles el temor del Señor.[5] 13 Caminen mientras tengan la luz de la vida, para que no les sorprenda la oscuridad[6]».

14 Y, entre la multitud del pueblo, va el Señor buscando a un obrero y repitiendo: 15 «¿Quién hay que ame la vida, y desee tener días felices?».[7] 16 Si a tus oídos llega, y respondes: «Yo», Dios te dice: 17 Si deseas gozar de la vida verdadera, «guarda tu lengua del mal y tus labios de la mentira, apártate del mal y obra el bien, busca la paz y corre tras ella».[8] 18 Entonces, si cumples todo esto, posaré mis ojos en ti, «me invocarás y te responderé, pedirás auxilio y te diré: Aquí estoy».[9] 19 ¿Habrá algo más dulce para nosotros, mis queridos hermanos, que la voz del Señor invitándonos? 20 Miren como Él en su bondad, nos indica el camino de la vida.

21 Con la cintura apretada con el cinturón de la fe y la práctica de las buenas obras, con la guía del Evangelio, andemos el camino del Señor, para que seamos merecedores de la visión de Aquel que nos llamó a su reino.

22 Si nuestro deseo es habitar en el tabernáculo de este reino, hay que tener en cuenta que no se podrá llegar si el camino no es de buenas obras. 23 Entonces, se preguntará al Señor con el texto del profeta: «Señor, ¿quién se hospedará en tu tienda? ¿Quién habitará en tu monte santo?».[10] 24 Después de preguntar, hermanos, pongamos atención al Señor que nos responde y nos indica la senda hacia su morada, 25 diciendo: «Aquel que procede con rectitud, se comporta honradamente 26 y es sincero en su interior;  el que no calumnia con su boca, 27 no hace daño a su prójimo, y no agravia a su vecino»;[11] 28 aquel que cuando el maligno le sugiere alguna cosa, lo rechaza desde lo hondo de su corazón junto con la insinuación, lo reduce a nada y, tomando dichos pensamientos que apenas se empezaron a manifestar, los estrella contra Cristo; 29 y, también, aquellos que con temor del Señor no son vanidosos porque su comportamiento sea recto, sino que teniendo en cuenta que sin el Señor no pueden hacer el bien que hay en ellos, 30 proclaman la grandeza del Señor que obra en ellos, diciendo con el profeta: «No a nosotros, Señor, no a nosotros, sólo a tu nombre da gloria».[12] 31 Lo mismo que el apóstol Pablo quien no se atribuía nada de su predicación cuando decía: «Por la gracia de Dios soy lo que soy».[13] 32 Y, en otra parte, dice él mismo: «El que quiera enorgullecerse, que lo haga en el Señor».[14]

33 Por todo esto, el Señor dice en el Evangelio: «El que escucha mis palabras y las pone en práctica es semejante a un hombre que, al edificar su casa, cavó hondo y la cimentó sobre roca. 34 Vino una inundación, y el río se desbordó contra esa casa; pero no pudo destruirla, porque estaba bien construida».[15]

35 Después de pronunciar estas palabras, el Señor espera que día a día pongamos por obra sus santas exhortaciones. 36 Es por ello que los días que vivimos son concedidos como una tregua para que pongamos remedio a los males que nos aquejan, 37 según dice el Apóstol: «¿Desprecias acaso la paciencia de Dios que te invita al arrepentimiento?».[16] 38 En efecto, el Señor en su piedad exclama: «Yo no me complazco en la muerte del malvado, sino en que se convierta y viva».[17]

39 Así, hermanos, habiendo preguntado al Señor sobre quién podrá morar en su tienda, hemos escuchado como respuesta que lo hará aquel que cumpla los deberes prescritos por quien en ella habita. 40 Por tanto, dispongamos nuestros corazones y cuerpos para militar en santa obediencia a los preceptos establecidos. 41 Y, en cuanto a las limitaciones que nos impone la propia naturaleza, roguemos al Señor que se digne favorecernos con su gracia. 42 Es así que huyendo de las penas del infierno, deseamos alcanzar la vida eterna; 43 y, en tanto podamos y poseamos este cuerpo, y nos sea dado cumplir lo debido mientras dure esta vida, 44 se hace necesario correr y poner por obra lo que nos será provechoso eternamente.

45 Instituyamos, pues, una escuela del servicio divino. 46 En su organización esperamos no tener que prescribir nada áspero ni excesivo. 47 No obstante, si en algún momento hay una razón justa que requiera que se disponga algo un poco más severo que tenga como fin la corrección de los vicios o el mantenimiento de la caridad, 48 no abandones de inmediato, presa del temor, el camino que conduce a la salvación y que al principio es forzosamente más estrecho. 49 Ahora bien, al avanzar en la vida monástica y en la fe, con el corazón henchido, con la dulzura indecible del amor, se transita por la senda que marcan los mandamientos de Dios. 50 De esta manera, sin desviarnos nunca del magisterio y siendo perseverantes en su doctrina dentro del monasterio hasta la muerte, pacientemente tomaremos parte en los sufrimientos del mismo Cristo, para merecer compartir también su Reino. Amén.

I. Las clases de monjes

Es sabido que existen cuatro géneros de monjes. 2 El primero es el de los cenobitas, llamado también habitantes de monasterios, que funciona bajo una regla y un superior.

3 Le sigue el segundo género que es el de los anacoretas o ermitaños; son aquellos que, habiendo dejando el fervor inicial de la vida monástica, y por una larga probación en el monasterio, 4 aprendieron a luchar contra el diablo, formados con la ayuda de otros 5 y, además, entrenados suficientemente entre la tropa de hermanos para el combate en la soledad del desierto, seguros ya y sin el socorro de aquéllos, contando solamente con su mano y su brazo, confían en el auxilio divino para batallar contra los vicios carnales y los de pensamiento.

6 El tercero –y pésimo– género de monjes es el de los sarabaítas[18], quienes viven sin ser probados, como el oro en un crisol, por alguna regla maestra, y son blandos como el plomo, 7 fieles, incluso, al mundo y sus obras, aunque poseen tonsura[19] con la que están mintiendo a Dios. 8 Están de dos en dos o de tres en tres, a veces solos, sin ningún pastor, pudiendo encontrarse encerrados, pero no en los corrales del Señor sino en los suyos propios, teniendo como única ley la satisfacción de sus deseos, 9 pues, alegan que todo lo que piensan o deciden es santo, y si algo no agrada lo consideran fuera de lugar.

10 El cuarto género de monjes es el de los llamados giróvagos[20]. Éstos transcurren toda la vida recorriendo las regiones, hospedándose durante tres o cuatro días en diversos monasterios, 11 siempre vagando y jamás tranquilos, sirviendo a sus propios deseos y entregados a la glotonería, y en todos los aspectos son peores que los sarabaítas.

12 De tan miserable estilo de vida es mejor callar que continuar hablando. 13 Poniéndolos de lado, dispongámonos a ordenar, con la ayuda del Señor, el robusto género de los cenobitas.[21]

II. Cómo debe ser el Abad

El abad[22] cuya dignidad le permite dirigir un monasterio debe recordar constantemente el título que ostenta y que sus actos sean conforme al nombre de superior. 2 En efecto, por la fe reconocemos que hace las veces de Cristo en el monasterio, puesto que esto significa su título, 3 de acuerdo con lo que dice el Apóstol: «Han recibido un Espíritu que los hace hijos adoptivos y nos permite clamar: ¡Abba!, es decir, ¡Padre!».[23] 4 Sepa, entonces, el abad que no ha de enseñar, prescribir u ordenar alguna cosa que no esté acorde al precepto del Señor, 5 sino que lo que manda o enseña debe expandir los corazones de sus discípulos con la levadura de la justicia divina. 6 El abad debe recordar que por la doctrina impartida y por la obediencia de sus discípulos, por ambas cosas, será examinado en el tremendo juicio de Dios. 7 También tenga presente el abad que como pastor será encontrado culpable por los defectos que el Padre, cabeza de familia, encuentre en el progreso de sus ovejas. 8 Sin embargo, si agotados ya los recursos como pastor por haberle tocado un rebaño inquieto y poco obediente, y habiendo aplicado los remedios que en su haber posee para curar sus enfermedades, 9 el pastor, absuelto durante el juicio frente al Señor, podrá decir con el profeta: «No he ocultado tu fidelidad en el fondo de mi corazón,[24] he dado a conocer tu verdad y tu salvación, pero ellos me echaron a un lado y me despreciaron». 10 Entonces, finalmente, que el castigo sea la muerte[25] misma para las ovejas rebeldes que están bajo su cuidado.

11 Por tanto, al aceptar alguno el título de abad, debe adelantarse a los discípulos con una doble enseñanza; 12 primeramente que con sus acciones dé a entender lo que es bueno y santo más que con las palabras, de tal manera que a los más capaces les instruya en los mandamientos del Señor con palabras; pero, a los de corazón duro, les sean enseñados los preceptos divinos por medio de sus obras. 13 Inversamente, si ha enseñado algo a los discípulos que no está bien, que su conducta también lo demuestre, no vaya a ser que habiendo predicado algo sea reprobado por ello, 14 y que escuche a Dios, quien ve la falta, diciendo: «¿Por qué recitas mis mandamientos, y tienes siempre en tu boca mi alianza, tú que detestas la corrección y no tienes en cuenta mis palabras?».[26] 15 Y, de la misma manera: «¿Cómo es que ves la basura en el ojo de tu hermano y no adviertes la viga que hay en el tuyo?».[27]

16 No haga en el monasterio discriminación de personas. 17 No ame más a uno que a otro, a no ser que se halle alguno adelantado en las buenas obras y en la obediencia. 18 Si un esclavo se hace monje, no sea menospreciado por uno que ha sido libre, a menos que haya alguna causa que lo justifique. 19 Esto hágalo el abad si lo estima conveniente, indistintamente la condición, de otra manera cada quien conserve su puesto, 20 porque todos «tanto el esclavo como el libre son uno en Cristo Jesús»[28] y servimos de la misma manera porque en «Dios no hay favoritismos».[29] 21 La única diferencia que puede haber ante Él es que nos halle mejores en el buen obrar y en la humildad. 22 Por tanto, sea igualmente amoroso con todos y aplique la misma norma según el comportamiento de cada cual.

23 Mientras esté en el cargo, el abad debe tener como modelo al Apóstol, cuando dice: «Corrige, reprende y exhorta».[30] 24 Es decir que tomando en cuenta las circunstancias y el tiempo, la dureza y la ternura, sea severo como maestro, por una parte, y bondadoso como padre, por otra. 25 Dicho de otra forma, debe corregir con mano dura a los indisciplinados y a los de mal comportamiento; pero, en cambio, a los tranquilos o a los más sufridos debe exhortarlos para que progresen cada vez más. En cuanto a los perezosos y a los malcriados, instamos al abad a que los reprenda y castigue.

26 Cuide de no cubrir los pecados de los que delinquen; al contrario, tan pronto broten, arránquelos de raíz con todas las fuerzas, recordando el caso de Elí, sacerdote de Siló. 27 En cambio, a los de espíritu más bien delicado y prudente, corríjales de palabra, con una o dos amonestaciones. 28 No obstante, a los más obstinados y duros de corazón, a los insolentes y desobedientes, castíguelos enseguida que manifiesten un vicio con azotes y otros castigos corporales,[31] haciendo caso a lo que está escrito: «No se corrige a un necio con palabras»[32]; 29 y, también: «Corrige al joven con dureza, y librarás su vida del abismo».[33]

30 Tenga siempre presente el abad lo que es, lo que representa el nombre con que le llaman y recuerde que a quien más se le ha confiado, más se le exigirá. 31 Debe tener claro, también, cuán difícil y trabajoso es el oficio que aceptó: la dirección de almas y la conducción de personas de diferentes temperamentos, a quienes tratará a unos halagando, a otros reprendiendo y a algunos con cautela, 32 para que, según las diferentes naturalezas e inteligencia de cada uno, pueda conformarse y amoldarse a todos, de tal manera que no se lamente de la pérdida de alguno de entre la grey encomendada y que pueda alegrarse, más bien, del aumento del rebaño.

33 Es prioritario que no se interese más por las cosas pasajeras, terrenas y caducas, desatendiendo o no dando el suficiente valor a la salvación de las almas que le han sido encomendadas. 34 Considere siempre que aceptó el gobierno de almas de las que tendrá que rendir cuentas. 35 Y si pasara que se justifica en una carencia de los bienes materiales, recuerde que está escrito: «Busque primero el Reino de Dios y hacer su voluntad, y todo lo demás le vendrá por añadidura».[34] 36 Y, también: «Nada les falta a los que le temen».[35]

37 Sepa que quien acepta gobernar almas, debe prepararse para dar razón de ellas. 38 Y, sin duda, en el día del juicio deberá dar cuenta al Señor de tantas almas como hermanos tiene bajo su cuidado, añadiendo, por cierto, la suya propia. 39 De esta forma, esperando con temor el futuro examen del pastor sobre las ovejas confiadas, mientras pone atención en las cuentas ajenas, cuida también de la suya propia 40 e, incluso, mientras ayuda a los demás a enmendarse con sus admoniciones, se corrige a sí mismo de los propios defectos.

III. Cómo se han de convocar los hermanos a consejo

Cada vez que se presenten asuntos de importancia en el monasterio, convoque el abad a toda la comunidad y haga una exposición de lo que está pasando; 2 luego oiga el parecer de los hermanos y reflexione sobre ello actuando como juzgue más conveniente. 3 Se ha dicho que se convoque a todos a consejo[36], porque muchas veces el Señor revela lo que es mejor al más joven. 4 Sin embargo, al exponer su parecer los hermanos háganlo sumisos y con humildad, no atreviéndose a defender su punto de vista con soberbia; 5 y, puesto que la decisión final será siempre del abad, todos acatarán obedientes lo que él juzgue más conveniente. 6 Pero, así como los discípulos deben obedecer al maestro, mire éste de decidir todo con prudencia y equidad.

7 Entonces, sigan la Regla como maestra en todos los aspectos, y nadie la haga a un lado temerariamente. 8 Ninguno se deje conducir en el monasterio por los deseos de su corazón, 9 ni tampoco haya quien se atreva a discutir con su abad sin guardar el debido respeto o hacerlo estando fuera del monasterio. 10 Si esto llegara a ocurrir, sométase al infractor a la disciplina regular. 11 El abad, por su parte, haga todo con temor de Dios, teniendo la certeza de que dará cuenta a Dios, justísimo juez, de todas sus decisiones.

12 Si el asunto tratado no es tan relevante para los intereses del monasterio, haga consulta tan sólo a los ancianos, 13 según se puede leer: «No hagas nada sin pensarlo antes, y no tendrás que arrepentirte de tus actos».[37]

IV. Cuáles son los instrumentos de las buenas obras

Primero que nada, amar al Señor, Dios, con todo el corazón, con toda el alma y con todas las fuerzas. 2 Seguidamente, al prójimo como a sí mismo. 3 Después, no matar; 4 no cometer adulterio[38]; 5 no robar; 6 no ser ambicioso; 7 no levantar falso testimonio; 8 valorar a todos los hombres, 9 y no hacer al otro lo que no deseas para ti. 10 Negarse a sí mismo para seguir a Cristo; 11 castigar el cuerpo; 12 no entregarse a los placeres; 13 amar el ayuno; 14 socorrer a los pobres; 15 vestir al desnudo, 16 y visitar a los enfermos. 17 Dar sepultura a los muertos; 18 ayudar al tribulado; 19 consolar al afligido; 20 hacerse ajeno a la conducta del mundo 21 y no anteponer nada al amor de Cristo.

22 No complacerse en la ira; 23 no guardar rencor; 24 no tener división en el corazón; 25 no dar la paz con fingimiento; 26 no dejar la caridad; 27 no jurar, por temor a hacerlo en falso, 28 y decir la verdad con el corazón y con la boca. 29 No devolver mal por mal; 30 no ofender a alguien, sino más bien sufrir pacientemente las ofensas que se nos hacen. 31 Amar a los enemigos; 32 no devolver con una maldición a quien te maldice, sino bendecir. 33 Soportar ser perseguido por causa de la justicia; 34 No ser soberbio 35 ni dado al vino; 36 ni glotón 37 o dormilón 38 o perezoso; 39 ni murmurador 40ni calumniador. 41 Mantener siempre la esperanza puesta en Dios. 42 Cuando te percates de algo bueno en ti mismo, atribúyelo a Dios y no a ti. 43 En cambio hay que tener en cuenta que lo malo siempre es hechura propia, y a sí mismo hay que atribuirlo.

44 Temer el día del juicio; 45 aterrorizarse del infierno; 46 anhelar la vida eterna con todo lo que el espíritu puede desear; 47 tener presente ante los ojos cada día, la muerte; 48 vigilar constantemente la conducta propia; 49 estar consciente de que Dios está observando en todas partes; 50 estrellar inmediatamente contra Cristo los malos pensamientos que se posan en el corazón y manifestarlos al guía espiritual. 51 No proferir malas o viles palabras; 52 no ser amigo de hablar mucho; 53 evitar las palabras vanas que puedan provocar risa 54 y no ser pronto para reír mucho o estruendosamente. 55 Gustar de oír las lecturas santas; 56 orar postrado con frecuencia. 57 Confesar a Dios cada día, durante la oración, las culpas del pasado, con lágrimas y compunción de corazón, 58 y de esas mismas culpas hacer enmienda en adelante. 59 No consentir a los deseos carnales; 60 repudiar hacer la propia voluntad; 61 obedecer totalmente lo que indica el abad, incluso si éste no diera testimonio –que Dios no lo permita–, haciendo memoria de aquel mandamiento del Señor: «Hagan lo que les digan, pero no imiten su ejemplo».[39] 62 No hay que buscar ser llamado santo sin haberlo sido, sino primeramente serlo para que pueda ser nombrado como tal.

63 Poner en práctica, todos los días, los preceptos del Señor. 64 Amar la castidad; 65 no desechar a nadie; 66 no tener celos 67 ni obrar de manera envidiosa; 68no buscar el conflicto; 69huir de la altivez; 70tratar con veneración a los ancianos 71 y con amor a los más jóvenes. 72 En el amor de Cristo, hacer oración por los enemigos; 73 hacer las paces con quien haya habido conflicto, antes de que termine la tarde, 74 y nunca perder la esperanza en la misericordia de Dios.

75 Estos son los instrumentos del arte espiritual. 76 Si se usan sin cesar, día y noche, y mostramos los resultados el día del juicio, el Señor nos dará la recompensa que promete: 77 «Lo que el ojo no vio, ni el oído oyó, ni al hombre se le ocurrió pensar lo que Dios podía tener preparado para los que lo aman».[40]

78 Para realizar esto, el taller en el que debemos trabajar con diligencia es el monasterio, y mantenernos estables en la comunidad.

V. La obediencia

El primer grado de humildad es la obediencia sin tardanza. 2 Este tipo de obediencia es propia de quienes nada estiman por encima de Cristo. 3 Esto es, en función del santo servicio que profesaron, o por temor del infierno y aspirando a la gloria de la vida eterna, 4 tan pronto como el superior ha ordenado alguna cuestión, como si fuera ordenado por Dios, no demora en cumplirla. 5 De estos tales, dice el Señor: «Al primer gesto, obedecen».[41] 6 Y, a los maestros, les dice también: «Quien los escucha a ustedes, a mí me escucha».[42] 7 Por eso, aquéllos,  abandonando al instante sus asuntos y en renuncia a su propia voluntad, 8 dejando al instante lo que pudiesen tener entre las manos, aún si no lo hubieran acabado, con los pies siempre prontos a obedecer, actúan siguiendo la voz de quien manda, 9 y, en el mismo instante, la orden que fue dada por el maestro y lo realizado por el discípulo, ambas cosas, se dan con la urgencia del temor de Dios. 10 A éstos, les empuja el ansia de llegar a la vida eterna, 11 y por ello prefieren el camino estrecho al que el Señor se refiere: «Estrecha es la puerta y angosto el camino que lleva a la vida»;[43] 12 así, no viviendo a su antojo ni haciendo caso a sus gustos y complacencias, sino atendiendo al juicio y la voluntad de otro, morando en los cenobios, desean que los gobierne un abad. 13 No hay duda que éstos se apresuran a poner por obra la Palabra del Señor que refiere: «Yo he bajado del cielo, no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me envió».[44]

14 Ahora bien, esta obediencia sólo será grata ante Dios y buena para los hombres, cuando lo mandado sea ejecutado sin vacilación ni demora; ni desgano ni murmurando o protestando. 15 Porque la obediencia prestada a los superiores es prestada a Dios, puesto que Él mismo dice: «Quien los escucha a ustedes, a mí me escucha»,[45] 16 y los discípulos deben obedecer con agrado, porque «Dios ama al que da con alegría».[46] 17 Si, en cambio, el discípulo hace lo ordenado de mala gana y murmura no con los labios sino en su corazón, 18 aunque cumpla lo encomendado, ya no será agradable a Dios que está viendo su corazón murmurador, 19 y, por esta obra, no habrá ya recompensa; por el contrario, incurre en la pena de los insidiosos, si no se corrige y satisface[47] por lo hecho.

VI. La taciturnidad[48]

Pongamos por obra lo que el profeta dice: «Vigilaré mi proceder para no pecar con mi lengua; amordazaré mi boca. Me mantuve en silencio y me he humillado hasta abstenerme de decir cosas buenas».[49] 2 El profeta enseña que en el texto que, si a veces hay que renunciar a proferir palabras, aunque sean buenas, por razón de una sana discreción, ¡cuánto más hay que hacerlo cuando las conversaciones son malas en función del castigo por el pecado! 3 Por tanto, aunque sean conversaciones buenas, santas y edificantes, dada la importancia de mantener un ambiente de taciturnidad, no se conceda a los discípulos más perfectos la licencia para hablar, a no ser en raras ocasiones; 4 porque está escrito: «En el mucho hablar no falta el pecado»;[50] 5 y, en otra parte, «muerte y vida dependen de la lengua».[51] 6 En este sentido, hablar y enseñar incumbe al maestro; callar y escuchar es propio del discípulo.

7 Por ello, cuando haya que preguntar algo al superior, hágase con toda humildad y con respetuosa sumisión. 8 Pero los chistes y las palabras ociosas o las que provocan risa, las condenamos totalmente a una cárcel perpetua, y no se permitirá que el discípulo abra la boca para expresarse de esa forma.

VII. La humildad

a Sagrada Escritura, hermanos, nos grita: «El que se engrandece será humillado, y el que se humilla será engrandecido».[52] 2 Con esto nos enseña que toda exaltación del propio yo es en sí una forma de soberbia, 3 de la que está escrito que el profeta se cuidaba, cuando expresa: «Señor, mi corazón no es soberbio ni altanera mi mirada. Nunca perseguí grandezas ni cosas que superan mi capacidad».[53] 4 Pues, ¿entonces? «Aplaco y modero mis deseos; estoy como un niño en brazos de su madre»[54].

5 Por tanto, hermanos, si anhelamos subir a la cumbre más alta de la humildad y llegar velozmente a ser exaltados en el cielo por medio de ésta en la vida presente, 6 es preciso que levantemos, alzándola por nuestros actos, aquella escalera que apareció en sueños a Jacob, por la que vio descender y ascender a los ángeles. 7 Está claro que, según nuestro entendimiento, ese bajar y subir significa que por la arrogancia se baja y por la humildad se sube. 8 Esa escalera empinada es nuestra vida en la tierra que será ascendida al cielo por el Señor una vez que el corazón se haya humillado. 9 Los travesaños de esta escala son el cuerpo y el alma, los cuales han sido colocados por la divina vocación para que nos superemos por varios peldaños de humildad y observancia.

10 Así, pues, el primer grado de humildad consiste en que permanezca constantemente ante la mirada el temor de Dios y procurar, a toda costa, no echarlo a un lado; 11 tener en la memoria todo lo que ha sido mandado por Dios y tener en consideración siempre, espiritualmente, cómo se queman por sus pecados en el infierno los que despreciaron a Dios, y que, al contrario, para los que le temen está preparada la vida eterna. 12 Entonces, haciendo a un lado en todo momento los pecados y los vicios, es decir, guardando pensamientos, lengua, manos, pies y la propia voluntad, además de todo deseo carnal, 13 tenga el hombre la certeza de que Dios le observa continuamente desde lo alto y que esa potente mirada divina está en todas partes viendo sus acciones, y que los ángeles dan cuenta a Él de lo que hace a cada instante.

14 Es así como el profeta nos señala que Dios está presente siempre en nuestros pensamientos cuando nos dice: «Tú examinas el corazón y las entrañas».[55] 15 Y, además: «El Señor sabe que los proyectos del hombre son pura vanidad».[56] 16 Y reitera: «Desde lejos comprendes mis pensamientos».[57] 17 Y, por otro lado, continúa: «El pensamiento del hombre no te será ajeno»[58]. 18 Y para que el hermano de virtuoso proceder persevere fielmente en su vocación, debe vigilar atentamente sus pensamientos, repitiendo desde el corazón: «Mi conducta ante él ha sido irreprochable, me he esforzado en no pecar»[59].

19 Hacer la voluntad propia está prohibido, según la Escritura que advierte: «No te dejes arrastrar por tus pasiones»[60]. 20 Por ello pedimos a Dios en oración que su voluntad se haga en nosotros. 21 Precisamente, se nos motiva a que nuestra voluntad no prevalezca, haciendo caso a lo que la Escritura dice: «Hay caminos que parecen rectos, pero al final conducen a la muerte»,[61] 22 y, además, a tener temor de dicho por los que omiten la advertencia: «Todos se han corrompido y practican la maldad, no hay quien haga bien»[62].

23 En cuanto a los deseos de la carne, tengamos por cierto que Dios está presente continuamente, pues el profeta exclama ante el Señor: «Ante ti, Señor mío, están todos mis anhelos»[63].

24 Cuidémonos, entonces, de los deseos maliciosos, porque la muerte se encuentra en las puertas de la complacencia. 25 Es así como la Escritura nos previene: «No te dejes arrastrar por tus pasiones»[64].

26 Entonces, pues, si «los ojos del Señor observan a malvados y justos»,[65] y 27 «el Señor mira desde el cielo a los hombres, para ver si queda alguien juicioso que busque a Dios»,[66] 28 y si nuestros ángeles guardianes están día y noche dando cuenta al Señor de nuestras obras, 29 debemos de estar atentos, hermanos, continuamente, como lo señalaba el profeta en el salmo, no sea que Dios en algún momento vea que estamos haciendo lo que no está bien y esto nos haga detestables a sus ojos, 30 y, aun así nos perdone en la vida presente, porque es del todo piadoso y siempre está esperando nuestra conversión, para que en la vida venidera nos diga: «Esto hiciste y yo callé»[67].

31 El segundo grado de humildad se refiere a no amar la propia voluntad, ni complacerse en hacer lo que le es gustoso, 32 sino que con las acciones imite al Señor que dice: «Porque yo he bajado del cielo, no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me envió».[68] 33 La Escritura también dice: «La voluntad será castigada y la necesidad dará a luz la corona».[69]

34 En cuanto al tercer grado de humildad se tiene que el hermano, por amor a Dios, se someta obedientemente al superior en cualquier requerimiento, imitando al Señor, de quien el Apóstol señala: «Se humilló a sí mismo haciéndose obediente hasta la muerte».[70]

35 El cuarto grado de humildad consiste en que el monje, incluso habiéndosele impuesto cargas molestas o duras, o incluso habiendo recibido algún desprecio, se sostenga con la paciencia y enmudezca interiormente, 36 soportando sin cansancio y sin desistir, pues, la Escritura dice: «El que persevere hasta el final, ese se salvará»,[71] 37 y, en otro lugar: «Ten ánimo, espera en el Señor».[72] 38 Y como muestra de que el que se mantiene fiel deberá sufrir por el Señor muchas cosas, incluso las más difíciles, dice sobre todos aquellos que sufren: «Por tu causa estamos expuestos a la muerte cada día: nos consideran como ovejas destinadas al matadero».[73] 39 Pero, estos fieles confiados en el premio de la Providencia que les será dado, continúan con gozo exclamando: «Pero Dios, que nos ama, hará que salgamos victoriosos de todas estas pruebas».[74]

40 En otra parte de la Escritura dice también: «Tú, oh Dios, nos pusiste a prueba, nos refinaste como se refina la plata, nos hiciste caer en la red, nos echaste una carga pesada a la espalda».[75] 41 Y para comprobar que debemos sujetarnos a un superior, continúa diciendo: «Colocaste hombres encima de nuestras cabezas».[76] 42 En los momentos adversos y cuando son ofendidos, se mantienen firmes cumpliendo pacientemente lo dicho por el Señor, de ofrecer la otra mejilla a quien ha sido golpeado en una; si les ha quitado la túnica le ceden, también, el manto, y si han sido obligados a andar el trecho de una milla, caminan dos;[77] soportan, 43 con el apóstol Pablo, a los hermanos falsos,[78] y bendicen incluso a quienes los maldicen.[79]

44 El quinto grado de humildad reside en no ocultar al abad los malos pensamientos que pueden perturbar el corazón, además de las malas obras que se cometan en secreto, confesando éstas con la mayor humildad. 45 En este sentido, la Escritura exhorta al decir: «Encomienda al Señor tu camino, confía en Él».[80] 46 Y dice, además: «¡Den gracias al Señor, porque es bueno, porque es eterno su amor!».[81] Y, por labios del profeta: «Confesaré al Señor mis culpas. Y tú perdonaste mi falta y mi pecado».[82]

49 En cuanto al sexto grado de humildad este se logra cuando el monje se mantiene alegre ante las cosas más despreciables y rastreras, y sabiéndose un obrero indigno y poco apto para lo que se le manda, 50 pueda decir a sí mismo, como el Profeta: «era un estúpido y no lo comprendía, era como un animal ante ti. Pero yo siempre estaré contigo».[83]

51 El séptimo grado de humildad tiene que ver con que no sólo se manifieste con la boca la propia inferioridad y saberse el menos apto, sino que también sea creído profundamente desde lo hondo del corazón, 52 rebajándose y repitiendo con el Profeta: «Pero yo soy un gusano, no un hombre, vergüenza de la humanidad, desprecio de la gente».[84] 53 «Fui exaltado para luego ser humillado y confundido».[85] 54 Y, además: «Me vino bien ser humillado, pues así aprendí tus normas ».[86]

55 En cuanto al octavo grado de humildad, éste se refiere a que el monje no tome iniciativas fuera de lo que la Regla del monasterio o el ejemplo de los más adelantados le sugiera en cuanto a lo que tiene que hacer.

56 El noveno grado de humildad consiste en que el monje mantenga cerrada la boca y contenida su lengua para hablar. Procure estar en silencio y sólo hable si es consultado, 57 porque así lo declaran las Escrituras: «En el mucho hablar no falta pecado»[87]  58 y «el hombre de mucho hablar no camina con rectitud sobre la tierra ».[88]           

59 El décimo grado de humildad tendrá que ver con que el monje no ría fácilmente ni con impulsividad, porque se puede leer: «El necio, cuando ríe, ríe estrepitosamente ».[89]

60 El grado once de humildad consiste en que al hablar, el monje se exprese afectuosamente y sin risa, con humildad y manteniendo la cordura, 61 pues se ha escrito: «Un hombre sabio se reconoce por decir pocas palabras ».[90]

62 El grado doce  de humildad se logra cuando el monje ya no sólo posee la suficiente humildad de corazón, sino que la manifiesta  ante todos, aún corporalmente, 63 es decir que en la Obra de Dios[91], en el oratorio, en cualquier lugar del monasterio, en la huerta, por el camino, en el campo u otra parte, sea que se encuentre sentado, andando o de pie, se mantenga con la cabeza inclinada hacia adelante y con la mirada fija en la tierra, 64 pensando siempre cuan indigno es por sus pecados, y viéndose en el juicio final. 65 Por ello, diga siempre desde su corazón e internamente lo que repetía el Publicano del Evangelio, mientras miraba al suelo: «Dios mío, yo, pecador, no soy digno de levantar la mirada hacia el cielo».[92] 66 Y diga también con el Profeta: «Voy encorvado y decaído, hundido en la miseria».[93]

67 Cuando el monje haya escalado por estos grados de humildad, estará pronto sumergido en ese amor de Dios que «siendo perfecto destierra el temor»,[94] 68 por lo que la observancia[95] cumplida con temor se cambiará, naturalmente, en una costumbre, 69 ya no por miedo al infierno sino por amor a Cristo, habiendo creado un buen hábito y aspirando a más altas virtudes. 70 Es así como el Señor, a través del Espíritu Santo, manifestará complacencia hacia su obrero, cuando éste ya no tenga ni vicios ni pecados.

VIII. Los oficios divinos por la noche

En la temporada de invierno, esto es desde el primero de noviembre[96] hasta la Pascua, apoyados en criterios razonables, salga de la cama a la octava hora de la noche 2 de tal forma que puedan descansar media noche[97] o un poco más, y que se levanten bien dispuestos. 3 El tiempo posterior a las vigilias sea aprovechado por los hermanos que lo requieran, para el estudio de los salmos y de las lecturas.

4 Sin embargo, desde Pascua hasta el primero de noviembre, establézcase el horario de la siguiente manera: Tras el oficio de Vigilias,[98] después de un corto período de tiempo que usarán los hermanos para sus necesidades naturales, comiencen los Laudes[99] que deben decirse al despuntar las primeras luces de la mañana.

IX. Qué cantidad de salmos han de decirse en las horas nocturnas

Durante el tiempo invernal, se dirá, primeramente y por tres veces, el verso: «Abre, Señor, mis labios y mi boca proclamará tu alabanza»,[100] 2 añadiendo, seguidamente, el salmo 3[101] con el gloria. 3 A continuación, se recitará el salmo 94 con una antífona[102] o puede cantarse. 4 Después, dígase el himno ambrosiano[103] y seis salmos con sus antífonas. 5 Al concluir los salmos y el verso, imparta la bendición el abad.

6 Luego, sentados todos los hermanos en sus asientos, lean cada uno, según su turno, en el libro colocado en el atril, tres lecturas alternando con el canto de tres responsorios entre cada una. 6 Dos de los responsorios háganse sin decir gloria[104], pero, al finalizar la tercera lectura, entone el cantor el gloria. 7 Todos al escucharlo levántense de inmediato de sus asientos, honrando y reverenciando a la Santa Trinidad[105].

8 Durante las Vigilias, hágase lectura de los libros divinamente inspirados, tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento e, igualmente, de aquellos comentarios que sobre estos libros hayan realizado los Padres católicos reconocidos por su ortodoxia.

9 Habiendo culminado las tres lecturas con sus respectivos responsorios, entónense otros seis salmos que se cantarán con Aleluya. 10 Léase, a continuación, una lectura del Apóstol, que se dirá de memoria[106]; el verso y las letanías de súplica, es decir el Kyrie eleison[107]. 11 De esta forma concluyen las Vigilias nocturnas.

X. Cómo debe celebrarse en verano la alabanza nocturna

Desde Pascua hasta el primero de noviembre consérvese el mismo número de salmos, según lo dicho anteriormente. 2 Pero, siendo más breves las noches, no se harán las lecturas en el libro, sino que en lugar de las tres lecturas se dirá una de memoria, sacada del Antiguo Testamento junto con un responsorio breve. 3 El resto del oficio, hágase como se ha mencionado, es decir, que nunca sean dichos, en Vigilias, menos de doce salmos, sin incluir en esta cuenta los salmos 3 y 94.

XI. Cómo deben celebrarse las Vigilias los domingos

Los días domingo levántense más temprano para las vigilias. 2 Manténgase la misma estructura en estas vigilias, es decir, cántense seis salmos con su verso, tal como se dispuso anteriormente, sentados todos, en orden y en sus respectivos bancos, también deben leerse, como se dijo antes, cuatro lecturas con sus responsorios. 3 Sin embargo, tan solo en el cuarto responsorio dirá el Gloria quien esté cantando y, en cuanto comience, levántense todos haciendo reverencia.

4 Al culminar las lecturas, sigan cantándose seis salmos más con sus antífonas, similar a lo anterior, y el verso. 5 Después léanse cuatro lecturas con su respectivo responsorio cada una, de la misma forma como se explicó. 6 Al terminar, díganse tres cánticos tomados de los libros proféticos, aquellos que el abad disponga, en forma de salmodia y con aleluya. 7 Luego de concluir y haber dicho el verso, dé la bendición el abad y léanse otras cuatro lecturas tomadas del Nuevo Testamento, de la misma forma que lo dicho anteriormente. 8 Al finalizar el cuarto responsorio, entone el abad el himno Te Deum laudamus. 9 Al terminar, el abad lea una lectura del libro de los evangelios, y todos estarán de pie con respeto reverencial. 10 Cuando concluya la lectura, todos deben responder «Amén» y, acto seguido, el abad entonará el himno Te decet laus. Todo concluye con la bendición del abad e inmediatamente comienza el oficio de laudes.

11 La distribución mencionada para las vigilias del domingo, deberá mantenerse en todo tiempo, bien sea invierno o bien sea verano, 12 a no ser que ¡esperamos no ocurra!, se levanten los monjes más tarde y que las lecturas o los responsorios tengan que ser acortados. 13 Sean diligentes para que no suceda esto. Si llegara a ocurrir, el causante de esta negligencia deberá dar digna satisfacción[108] a Dios en el oratorio.

XII. Cómo debe celebrarse el oficio de Laudes

En la oración de Laudes del domingo, primeramente dígase el salmo 66 sin pausas y sin antífona. 2 Posteriormente, el salmo 50 dígase con Alleluia 3 e inmediatamente después, el salmo 117 y el 62. 4 Continúen con el Bendicite[109] y los Laudate,[110] seguidos de una lectura del Apocalipsis que se dirá de memoria, el responsorio, el himno, el verso, el cántico evangélico y se concluye con la letanía.[111]

XIII. Cómo debe celebrarse el oficio de Laudes durante los días feriales[112]

En los días ordinarios, entre semana, realícese la celebración de los laudes de la manera siguiente:  2 Dígase, sin la antífona, como los domingos, el salmo 66 con un ritmo pausado, de tal manera que estén todos los monjes para el salmo 50 que debe decirse con antífona. 3 Luego, se dirán, como ya se ha prescrito, dos salmos más, a saber: 4 los salmos 5 y 35 el día lunes; 5 el día martes, el 42 y el 56; 6 para el día miércoles se dirán el 63 y el 64; 7 los salmos 87 y 89 se dirán el día jueves; 8 el viernes, 75 y 91; 9 el salmo 142 será dicho el sábado junto al cántico del Deuteronomio que se dirá en dos partes separadas por un gloria cada una. 10 De lunes a viernes se dirá un cántico de los profetas, cada día el que corresponde, siguiendo la manera de salmodiar de la Iglesia Romana.

11 Continúen con los Laudate y después, de memoria, una lectura del Apóstol, el responsorio, el himno ambrosiano, el verso, el cántico evangélico y la letanía, concluyendo así el oficio. 12 No se termine ninguna celebración de laudes o vísperas sin que haya sido recitada por el superior, completamente, la oración que nos enseñara el Señor[113] de tal manera que todos la escuchen y mediten sobre las espinas de discordia que puedan haber, 13 y que, por esta causa, se sientan comprometidos a reparar cualquier daño, obligados por lo que se dice: «Perdona nuestras ofensas, así como nosotros perdonamos» y sean purificados de cualquier vicio.  14 En las otras horas que se celebran[114] tan solo se dirá en voz alta, la última parte de la oración del Padrenuestro: «Y líbranos del mal».

XIV. Cómo deben celebrarse las Vigilias en las fiestas de los santos

En las fiestas de los santos y en cualquier solemnidad, se debe celebrar el oficio como ha sido dispuesto para los domingos, 2 con la salvedad de que se dirán los salmos, las antífonas y las lecturas que corresponden para ese día. Cuídese, sin embargo, de no alterar lo ya prescrito.

XV. Cuándo se dirá Alleluia[115]

Desde la Pascua hasta Pentecostés, se dirá Alleluia sin excepción alguna, en los salmos y en los responsorios. 2 A partir de Pentecostés y hasta el inicio de la Cuaresma, se dirá Alleluia solo por las noches, en los Nocturnos[116], y sólo en los últimos seis salmos.

3 Igualmente, todos los domingos, excepto durante la Cuaresma, se dirá Alleluia en los cánticos, y los oficios de Laudes, Prima[117], Tercia, Sexta y Nona. En cambio, las Vísperas se dirán con antífona. 4 En cuanto a los responsorios, díganse solamente con Alleluia desde Pascua hasta Pentecostés.

XVI. Cómo se debe celebrar el Oficio Divino durante el día

Tal como lo manifiesta el profeta: «Siete veces al día repito tu alabanza».[118] 2 Habremos hecho caso a este siete, número sagrado, si se cumple con la obligación del servicio en las horas de Laudes, Prima, Tercia, Sexta, Nona, Vísperas y Completas[119], porque el salmista menciona estas horas del día diciendo: «Siete veces al día repito tu alabanza».[120] 3 En cuanto al oficio nocturno,[121] también el profeta dice: «De noche me levanto a darte gracias».[122] 4 Por ello, rindámonos con alabanzas a nuestro Creador en cada una de estas horas «por sus justos mandamientos», es decir, en Laudes, Prima, Tercia, Sexta, Nona, Vísperas y Completas, y levantémonos durante la noche para  cantarle alabanzas.

XVII. Qué cantidad de salmos[123] se deben cantar en las Horas señaladas

Habiendo señalado el orden de los salmos del salterio en los Nocturnos y en Laudes, veamos cómo se dispondrán en las otras Horas. 2 Para la Hora Prima, se dirán tres salmos, cada uno por separado, es decir, que no se diga un solo Gloria para los tres. 3 El himno de esta Hora se entonará después del verso: «Dios mío, ven a liberarme»[124] antes de comenzar la salmodia. 4 Al concluir los tres salmos, recítese una lectura, el verso Kyrie eleison y la oración de conclusión.

5 En cuanto a Tercia, Sexta y Nona, cada una de estas oraciones realícese de la misma forma, es decir: comiencen con el himno propio de cada Hora, tres salmos, la lectura de la Biblia y el verso, Kyrie eleison y la oración conclusiva. 6 Si la comunidad es numerosa, los salmos deben cantarse con antífona, pero si la comunidad no fuere grande, háganse seguidos.

7 Para el oficio de Vísperas se dirán, de otra forma, cuatro salmos con su respectiva antífona; 8 al finalizar la salmodia, se recitará la lectura, seguida del responsorio, el himno, el verso, el cántico evangélico[125], la letanía, y termínese con la Oración del Señor.

9 Para Completas se habrá de recitar tres salmos seguidos y sin antífona. 10 Al finalizar éstos, dígase el himno que corresponde a esta Hora; luego una lectura, el verso, el Kyrie eleison, y concluya el oficio con la bendición.

XIX. La manera de cantar los salmos

1 Creemos que Dios se encuentra presente en toda circunstancia, y que en todo lugar «los ojos del Señor observan a malvados y justos», 2 pero, creamos sin la menor vacilación que esto es verdad cuando participamos en la Obra de Dios.

3 Entonces, recordemos constantemente lo que el profeta dice: «Sirvan al Señor con temor»[126]. 4 Y, repite: «Canten sabiamente»[127]. 5 Y, otra vez: «En presencia de los ángeles cantaré para ti».

6 Tengamos en cuenta, como se debe estar presentes ante la Divinidad y sus ángeles, 7 y vayamos a cantar los salmos de tal manera que nuestra mente esté acorde con nuestra voz.




[1] Milicia proviene del término latino militia que significa soldado cualificado. Benito hace la analogía entre esta milicia y los hombres que ‘dejan todo’ para seguir al Señor, como un grupo de soldados de Cristo.

[2] Rom 13, 11

[3] Sal 95(94), 7b-8a

[4] Ap 2, 7

[5] Sal 34(33), 12

[6] Jn 12 35b

[7] Sal 34(33), 13

[8] Sal 34(33), 14-15

[9] Is 58, 9

[10] Sal 15(14), 1

[11] Sal 15(14), 2-4

[12] Sal 115(113B), 1

[13] 1 Cor 15, 10

[14] 2 Cor 10, 17

[15] Lc 6, 47-48

[16] Cf. Rom 2, 4

[17] Ez 33, 11a

[18] El término sarabaíta fue utilizado en el medioevo para designar a monjes o religiosos que profesaban normas o principios de cierta rigidez, pero que no estaban sujetos bajo ninguna regla. Casiano en su Colación XVIII, De tribus generibus monachorum los menciona como: “un tipo de monje reprensible porque no quieren vivir bajo el acompañamiento de un anciano”.

[19] La palabra tonsura es de origen latino y significa cortar el pelo o trasquilar. Antes, según el grado religioso, existían varios tipos de corte. Hoy en día, en muchas casas religiosas, se retira, simplemente, todo el cabello.

[20] Considerados por San Benito el peor género de monjes, los giróvagos eran hombres errantes que poseían hábito monástico. La etimología de esta palabra se aduce al latín gyrovǎgus que significa que erra o vaga dando vueltas.

[21] Los términos cenobita y cenobítico derivan del latín coenobĭum y, a su vez, del griego κοινός (koinós: común) y βίος (bíos: vida’), que dan el significado de ‘vida en común o comunitaria’. El adjetivo griego es κοινοβιακόν (koinobiakón: comunidad). Entonces, un grupo de monjes viviendo en comunidad estaban en un cenobio, del latín cenobium (monasterio).

[22] La palabra abad proviene del latín abbas, que a su vez deriva del arameo אבא, abba, que significa «padre». Este término arameo era utilizado en un contexto de respeto y autoridad, así como de cariño y cercanía. La palabra pasó al griego como avvás (ἀββᾶς), manteniendo su significado. En el cristianismo primitivo, este término comenzó a utilizarse para referirse a los líderes de las comunidades monásticas.

[23] Rom 7, 15b

[24] Sal 40(39), 11a.

[25] Debe entenderse este obscuro texto como muerte espiritual. Benito sufrió en carne propia el desprecio de una comunidad, cuando comenzaba a dirigir monasterios. El despegue o rechazo de la autoridad, colocada por Dios para el propósito directivo, es la negación de la voluntad divina, por tanto, un apartamiento del mismo Dios, con lo que se señala la muerte en vida del monje infractor o rebelde. Para Benito, la obediencia es el medio más idóneo para alcanzar la redención, tal como lo hace notar en las primeras líneas de la Regla.

[26] Sal 50(49) 16-17

[27] Mt 7,3

[28] Cf. Gal 3, 28

[29] Cf. Ef 6,9

[30] 2 Tim 4,2

[31] Los castigos corporales eran una práctica común de la época y no eran mal vistos ni siquiera criticados. San Benito toma esta parte de la cultura y la impone como medio de sanación para aquellos monjes que han transgredido las normas y no se quieren corregir. Esta norma, como muchas otras propias del tiempo de escritura de la Regla, no se cumple en los monasterios desde hace mucho.

[32] Cf. Prov 29, 19

[33] Cf. Prov 23, 13-14

[34][34] Mt 6, 33

[35] Cf. Sal 34, 10

[36] El consejo monástico es un pilar de la vida comunitaria en los monasterios, asegurando que la comunidad funcione de manera ordenada, democrática y espiritualmente enriquecedora. Su existencia y operación reflejan la importancia de la sabiduría colectiva y la guía en el camino hacia la espiritualidad profunda y el compromiso religioso.

[37] Eclo 32, 19

[38] Hay que hacer mención que los textos latinos de la regla (ejemplo la de Fray Diego Megolaeta, de 1751), colocan la palabra “adulterari” que no puede ser traducida como “fornicar”, como aparece en muchas de las traducciones españolas. El contexto de la palabra fornicar es medieval y aunque su uso en las primeras comunidades cristianas romanas fue imponiéndose para determinar el sexo entre extraños, es poco probable que la Regla haya hecho alusión a ella, pero sí al término adulterio que es una clara alusión al mandamiento sinaítico.

[39] Mt 23, 3

[40] 1 Cor 2, 9

[41] Sal 18, 45

[42] Lc 10, 16

[43] Mt 7, 14

[44] Jn 6, 38

[45] Lc 10, 16

[46] 2 Co 9, 7b

[47] Aquí el término satisfacer se refiere a hacer desagravio, es decir reparar lo hecho.

[48] La palabra en sí se refiere a callado o silencioso, pero el contexto benedictino parece referirla más al discreto y racional uso de las palabras. La taciturnidad no es simplemente el acto de guardar silencio, sino una disciplina espiritual que busca fomentar la introspección, la escucha atenta y la preservación de un ambiente de paz y contemplación.

[49] Cf. Sal 39 2-3

[50] Prov 10, 19

[51] Prov 18, 21

[52] Lc 14, 11

[53] Sal 131, 1

[54] Sal 131, 2. La traducción literal de la Vulgata Latina difiere bastante del presente texto.

[55] Sal 7, 10b

[56] Sal 94, 11. La traducción de la Biblia de América, en este caso, se aleja de la tradicional expresión aludida en todas las versiones de la Regla benedictina, proveniente del texto latino: Dominus novit cogitationes hominum, quoniam vanæ sunt, que traduce literalmente: El Señor conoce los pensamientos de los hombres, porque son vanos.

[57] Sal 139, 2b

[58] Este texto bíblico está tomado del salmo 75, 11; hay que acotar que San Benito utiliza los textos de la Vulgata Latina:  Quoniam cogitatio hominis confitebitur tibi, que es la traducción que aquí se ha mantenido; pero, hoy en día la mayor parte de las traducciones o interpretaciones del texto bíblico señalan este fragmento como: «Hasta la ira del hombre tendrá que alabarte». No es motivo de este texto ahondar en la discrepancia.

[59] Sal 18, 24

[60] Eclo 18, 30

[61] Pr 16, 25

[62] Sal 14(13), 1

[63] Sal 38(37), 10

[64] Eclo 18, 30

[65] Pr 15, 3

[66] Sal 14(13), 2

[67] Sal 50(49), 21. San Benito pone en boca de Dios el texto: Hæc fecisti et tacui, aduciendo cierta complicidad caritativa de parte del Señor, de hacerse la vista gorda a los desenfrenos del hombre. Sin embargo, el versículo en cuestión traduce: «Esto haces tú, ¿y me voy a quedar callado?», proveniente de hæc fecisti et tacui existimasti inique quod ero tui similis arguam te et statuam contra faciem tuam. Mantenemos la versión hecha por el santo para no cambiar el sentido de lo que quiere enseñar.

[68] Jn 6, 38

[69] A pesar de que Benito menciona este texto como bíblico, no hay seguridad de que así sea o de cuál es con seguridad al que hace referencia. Igualmente, la traducción del mismo es oscura. La edición de 1850 interpreta el texto latino como: “Todas las obras de la voluntad propia serán castigadas, y las de la obediencia recompensadas”. Este texto se aleja un poco del original.

[70] Flp 8, 2a

[71] Mt 10, 22

[72] Sal 27(26), 14b

[73] Rom 8, 36

[74] Rom 8, 37

[75] Sal 66(65), 10-11

[76] El texto hace referencia a la continuación del salmo 66(65) 12. La frase utilizada está sacada de la vulgata latina. Las versiones modernas interpretan este texto más o menos así: “Dejaste que cabalgaran encima de nosotros”. Es obvio que la literalidad del texto latino tiene más sentido en este párrafo.

[77] Cf Mt 5, 38-41

[78] Cf 2 Cor 11,26

[79] Cf 1 Cor 4, 12 y Rom 12, 17 ss

[80] Sal 37(36), 5a

[81] Sal 106(105), 1. En la vulgata latina aparece la palabra “confitemini”, confesar, y así es traducido en la mayor parte de las versiones de la Regla que la poseen, escrita por San Benito, quedando entonces: “Confiesen al Señor, porque es bueno…”.

[82] Sal 32(31), 5b

[83] Sal 73(72)

[84] Sal 22(21), 7

[85] Sal 88(87), 16. Este pasaje está traducido literalmente de la vulgata latina. El texto en la regla, colocado por San Benito es: “Exaltatus sum et humiliatus et confusus”, que también posee un pequeño cambio en la última palabra que en la vulgata aparece: “conturbatus” que puede traducirse como inquieto o agitado. La versión de la Biblia de América dice: “He soportado tus espantos y ya no puedo más”, que se aleja de lo que el santo quiere referir en este párrafo de la Regla.

[86] Sal 119(118), 71

[87] Pr 10, 19a

[88] Sal 140(139), 12. Aquí, nuevamente, se toma la versión traducida de la vulgata con la dirección dada por San Benito del texto “quia vir linguosus non dirigitur super terram”. Las traducciones modernas revelan el texto como “que desaparezca de la tierra el difamador”, que no funciona para el mensaje que quiere dar el párrafo.

[89] Si 21, 23. En este pasaje se toma la traducción de Nácar-Colunga que mantiene el sentido original de la frase, tal como la toma Benito de la Vulgata. La mayor parte de las traducciones modernas, incluyendo la Biblia de Jerusalén traducen el texto de manera diferente.

[90] La sentencia: “Sapiens verbis innotescit paucis” está tomada Pomponio Sexto de su Enchiridion, No. 145, un texto datado del siglo II. Beda, El Venerable, lo reproduce, también en Proverbiorum Liber 829, posterior a la confección de la Regla.

[91] La Obra de Dios es traducción de ‘Opus Dei’ frase utilizada por San Benito para señalar a la oración. Esta es la primordial tarea del monje, la que da sentido a su vocación y por ello es la obra de Dios.

[92] Cf Lc 18, 13

[93] Cf Sal 37,7 y 118, 107

[94] 1 Jn 4, 18b

[95] La palabra observancia es muy utilizada en el argot monástico y significa cumplimiento puntual y exacto de una orden, norma o estatuto. Las prescripciones de la Regla son el fundamento de la observancia de los monjes, a ella se pueden sumar ciertos usos o costumbres o normas que se imponen según las condiciones del lugar o de las circunstancias. Cuando se dice que un monje es ‘observante’ se refiere a la capacidad de obedecer con humildad y precisión.

[96] Habrá que entender que en tiempo de San Benito se seguía un calendario distinto y, por ende, la entrada del solsticio de invierno no era tal cual se conoce hoy. El calendario celta aún marca el 1 de noviembre como inicio del invierno. En algunas traducciones puede leerse la frase “calendas de noviembre”. Las calendas indican el primer día del mes.

[97] García Colombás anota al respecto: “La mitad de la noche en invierno. Suponiendo que en Montecasino la noche durara quince horas el 21 de diciembre, los monjes descansarían durante siete horas y media”. La Regla de San Benito p. 330 (nota al pie).

[98] Es usual encontrar el término Maitines por Vigilias. Hoy en día se usa, preferentemente el segundo nombre, sin embargo, muchos monasterios mantienen el nombre tradicional de Maitines para la oración que se realiza antes del amanecer y es una de las horas litúrgicas preferidas por monjes y monjas.

[99] Laudes viene a significar alabar. Es la segunda hora canónica litúrgica, una de las llamadas horas mayores junto con las Vísperas. Segunda cuando se han rezado las Vigilias.

[100] Sal 51(50), 17

[101] La numeración de los salmos, en cuanto a los prescritos por San Benito para cada hora litúrgica del día, se mantendrán como originalmente se leen en la Regla, es decir, siguiendo la numeración de la Vulgata Latina que respeta la versión de los LXX. Para las notas de pie de página, la numeración de los salmos continúa doble, para facilitar la lectura en las versiones modernas.

[102] La antífona es un verso breve, generalmente tomado de la Escritura, que se recita o canta antes y después del salmo, y que guarda alguna relación con él o con alguna fiesta litúrgica o solemnidad en particular.

[103] El himno ambrosiano hace referencia a una colección de himnos que formaron un himnario latino de uso común en la antigüedad y que giraban en torno a cuatro de ellos que compusiera Ambrosio de Milán en el siglo IV.

[104] Gloria, en este caso, es la reducción de Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo… La costumbre antigua era nombrar las oraciones o himnos por las primeras palabras con que se mencionaban, por ejemplo, el Ave María se llama así porque así comienza la oración en latín.

[105] Esta costumbre de ponerse de pie y hacer una reverencia profunda, doblar el torso hacia adelante, durante la recitación o canto del gloria al Padre…, o de cualquier mención a la Trinidad, se mantiene en todos los monasterios benedictinos.

[106] Llama poderosamente la atención que San Benito indique que la lectura debe hacerse de memoria. El ejercicio monástico por excelencia ha sido la lectio divina, desde los primeros tiempos. Además, la salmodia y las largas horas de coro junto con el estudio concienzudo de las Sagradas Escrituras durante el día, permitían que gran parte de las lecturas, por no decir todas, se pudieran decir de memoria.

[107] Kyrie eleison, Christe eleison que significa Señor te piedad, Cristo te piedad.

[108] Es posible que estas “satisfacciones”, léase castigos, se refieran a un estado de postración con la cara del monje pegada al piso, brazos en cruz, o algo similar, generalmente hecho en la sala del Capítulo o el oratorio, de manera pública, y hasta que el abad considerara que había sido suficientemente satisfecha la culpa del monje infractor a través de esta pequeña humillación.

[109] Benedicite hace alusión al pasaje bíblico del Canto de los tres jóvenes que aparece en Daniel (Dan 3, 52 ss.) y que constituye un hermoso himno sálmico de alabanza y acción de gracias.

[110] Los Laudate son la colección de los tres últimos salmos del salterio: 148, 149 y 150, en los cuales, llamados así porque esta palabra se repite con bastante profusión. Es muy probable que el nombre del oficio, Laudes, tenga que ver con estos salmos de alegría y alabanza.

[111] La letanía se menciona en otras versiones como preces litánicas. Esto es un conjunto de peticiones que terminan con el Kyrie eleison (Señor ten piedad) y el Pater (Padre Nuestro).

[112] Los días feriales también son llamados ordinarios y se refieren a aquellos días en los que no hay celebración particularmente relevante. Generalmente, los días de la semana, sin incluir el domingo, son feriales.

[113] Aquí se hace referencia al Padrenuestro. En la versión latina se menciona oratio dominica que se ha traducido convenientemente como oración del Señor. Algunas traducciones ya colocan ésta como Padrenuestro.

[114] La obligación del rezo del Padrenuestro es tan sólo para laudes y vísperas. Esto se mantiene no sólo en la liturgia monástica sino en la Liturgia de las Horas de la Iglesia en general.

[115] La escritura “Alleluia” corresponde, en latín, a aleluya en español. Hay que recordar que el Oficio Divino se rezaba íntegro en latín en tiempos de San Benito y hasta entrado el siglo XX, en toda la Iglesia. Muchas comunidades conservan algunos elementos latinos, sin embargo, en casi todos los monasterios se reza en la lengua de la región.

[116] Nocturno indica una sección de los Maitines o Vigilias. Cada nocturno consta de una cantidad de salmos y responsorios, aparte de las lecturas, tanto bíblicas como patrísticas. En los tiempos modernos, muchas comunidades han reducido considerablemente la cantidad de salmos y lecturas, respecto a las prescripciones originales de San Benito.

[117] Prima es otras de las horas menores, junto a tercia, sexta y nona. Hoy en día está en desuso y sólo algunas órdenes de vida eremítica mantienen esta parte del oficio que solía decirse después de Laudes, a las seis de la mañana o cercano a esta hora.

[118] Sal 119(118), 164

[119] En la actualidad, la hora de prima está suprimida. Algunas órdenes de vida eremítica, como los Cartujos, mantienen esta hora canónica menor que se realiza en la soledad de la celda. Para cumplir con el septenario, es decir, los siete momentos de oración, las órdenes monásticas que las realizan incluyen las vigilias (maitines).

[120] Ibíd.

[121] Hoy en día, este oficio lleva el nombre de Vigilias y los diferentes grupos de salmos se denominan Nocturnos o Nocturnales. Por un largo tiempo, el oficio tomó el nombre de Maitines. Maitines deriva del latín Matutinum que antiguamente designaba a los Laudes (oración del alba), puesto que el oficio de la madrugada retenía el nombre de Vigilias. Solían juntarse las Vigilias y los Maitines (Laudes) y estos últimos significaban los tres salmos de cierre, los Laudate. En algún momento fueron separados, aunque órdenes como la Cartuja aún hoy recitan los dos oficios uno seguido del otro, a partir de la medianoche. San Benito separa las Vigilias de los Laudes, instando a que los primeros siempre se hagan durante la noche y los segundos al rayar el alba. En la actualidad, las Vigilias se cantan (o rezan) comenzando entre las tres y las cuatro de la madrugada.

[122] Sal 118(119), 62. Muchas versiones bíblicas colocan “medianoche” en vez de sólo “noche” en su traducción.

[123] Los Salmos (en hebreo תהלים Tehilim “Alabanzas”, en griego ψάλμοι Psalmoi) es una colección de ciento cincuenta oraciones de poesía religiosa hebrea, integradas en cinco libros que componen el llamado libro de los Salmos o Salterio.

El libro de los Salmos forma parte del Antiguo Testamento y está incluido entre los libros sapienciales y poéticos. En español la palabra Salmo se remonta al término griego “psalmós” (ψαλμός) en referencia a “pulsar un instrumento de cuerda” llamado Salterio, antiguo instrumento musical semejante a la cítara, arpa o lira, utilizado para acompañar el canto del Salmo. Más tarde el término Salterio comenzó a ser empleado como sinónimo del Libro de los Salmos.

[124] Sal 70(69) 2

[125] Desde tiempos remotos, las dos horas mayores: Laudes y Vísperas, poseen un cántico tomado del Evangelio, estos son: Benedictus y Magnificat. En completas, se canta o recita el Nunc Dimitis. Estas palabras o frases en latín son las primeras de dicho cántico en latín. Estos tres cánticos, todos del Evangelio de Lucas, reciben los nombres de: Cántico de Zacarías (Lc 1, 68-79); Cántico de María (Lc 1, 47-55) y Cántico de Simeón (Lc 2, 29-32). La importancia de estos tres textos en forma de cánticos la reseña la Constitución Apostólica Laudis Canticum (V, 138): “Los cánticos evangélicos de Zacarías, de María y de Simeón deben ser honrados con la misma solemnidad y dignidad con que se acostumbra a oír la proclamación del Evangelio”.

[126] Sal 2, 11

[127] Sal 47(46) 8. Esta oración es traducida del latín “psallite sapienter”, que es incierta en su traducción. La mayor parte de las traducciones de la Regla la colocan como “canten sabiamente”, sin embargo, algunas versiones la ponen como “salmodien con gusto” y en algunas traducciones bíblicas (como la que se ha usado para esta redacción de la Regla) traduce “toquen con destreza”. Al parecer, psalliter puede referirse a salmodiar, cantar, tocar o bailar los salmos, y debe esto hacerse con la mayor disposición y maestría.